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Prosa para un Año Nuevo

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Dedicado a Josué Barrera y La Brevedad Constante

 A Karen Islas, y sus (mis) instantes tan eternos

por Luis Álvarez Beltrán

En 1867, una tarde extrañamente luminosa del invierno de Cambridge, negros árboles flacos de mediana estatura contrastando con el pálido blanquecino del fondo del espacio que mira a un occidente de infinito limbo, ahí, en el cementerio solitario, donde las hojas caídas del diciembre tardío anulan levemente el tétrico silencio, Bernardette se inclina a dejar un ramo de rosas rojas, guindas ya, secas, en la tumba de su único probable amante, Edevenezer Williams, un hombre de color que su padre libertó en las Américas y lo llevó a Inglaterra, para esclavizarlo él. Al primer cruce de miradas con su hermosa hija, lo mandó a ahorcar a medianoche en el extremo de la inmensa yarda húmeda. No era verdad que estaba enterrado ahí. Eso fue sólo simulación. Tampoco fue verdad que muriera de un golpe en la cabeza tirado de un caballo. Bernardette era virgen cuidada dieciocho años. Sus prospectos eran doce, pero en nadie vio un físico que la turbara tanto. La mirada no la podría bien describir. Hay cosas que son absolutamente únicas.

 

En 1922, en Valencia, en el último huerto colindante a la playa, murió el último árbol de Alberto Baledón, padre de cuatro hijas hermosas, tres de las cuales viajaron a casarse a Alemania, a Francia, a México, la cuarta, la más joven y la más española, la morena, quedó con él hasta verlo morir, tenía veintidós años y era hermosa como reina de Jaipur, parecida a su madre, muerta veinte años atrás de fiebre negra, dijeron. El pintor que atestiguó la muerte de Alberto Baledón, Tirso de Ayala, hizo tres pinturas en diez días, la primera fue un cuadro del señor de la hacienda, yaciendo en su lecho en sus últimos días, a petición de él, el segundo fue el árbol que murió un día antes que su dueño, cuando delante de seis ojos, el invierno arrebató la última hoja café de un tallarín ya seco de sus ramas, pero el árbol fue pintado en esplendor, verde, cargado de naranjas, precioso, como en los mejores años de esa huerta, la gloria de Valencia, a petición de él, y el tercer cuadro fue dos días después de enterrado el señor naranjero. Rosaura, la hija menor, enamorada del pintor, entregada a una pasión más fogosa que el color más oscuro de una naranja roja, posó desnuda para el pintor que, con esa inspiración, no demostró ser mejor artista que varón en la cama. Los tres cuadros se encuentran en exposición en la Ciudad de México en el Museo Binacional Joyería de Dos Mundos, de reciente inauguración.

 

Hacia 1787, en Bern, Suiza, un tozudo italiano, Enzo Grijalbo, casi dos metros de altura, lampiño, rostro asustadizo, de sonrisa antinatural e infrecuente, gesto de la tragedia, de pocas palabras y de menos pulgas, a sus cuarenta y nueve años, ve, literalmente, nacer, al primero y único de sus hijos, Sebastiao Grijalbo, “salido”, literalmente, de Florianne Martell, manceba francesa de Los Alpes, adolescente risueña ojiverde cuyas blancas mejillas chapeteaban bellamente a la primera luz del sol. Escapados del valle alto donde se conocieron y no se enamoraron sino se sedujeron, viviendo en una paupérrima posada de una orilla de la capital helvética, el tiempo y el frío se les vino y una partera del lugar hizo el milagro de conservar viva a la rubia criatura de Enzo Grijalbo que, esa misma noche ve, literalmente, morir de parto a su joven y anémica mujer. Ahí mismo, no muy literalmente, ante la escena, Enzo Grijalbo paga la factura de tanta carne que se come, y tras la impresión, sufre un infarto fulminante y, literalmente, muere, delante de su esposa muerta, su hijo recién nacido y la buena partera que habría de ser entonces, también, nodriza, madre, mentora y guardadora de secretos. Sebastiao Grijalbo Martell vivió veintiséis años, fue obrero de las primeras fábricas de Hamburgo, en Alemania. Nunca aprendió a escribir. Pasó dos años en prisión por robar un cordero. Su esposa Meredith Grossjean, alemana inmigrante desde Francesa, le dio tres hijos. Dos de ellos mellizos mixtos, Enzo el varoncito, y Florianne la niñita, que murieron de tuberculosis en 1819 a los dos años, con dos días de diferencia.

 

En 1916, un pequeño sin nombre, con el espíritu convulsionado de ruido y de terror, debajo de un lavadero de cemento donde lo escondieron, en un rancho a las afueras de San Luis Potosí, ciudad y capital de Estado en el Centro Septentrional de  en el Centro Septentrional de México, a sus escasos nueve años, enfundado en un pantalón corto y una camiseta corriente, levanta sus huaraches, esquiva la mirada de sus ensangrentados muertos familiares, da la espalda al fuego consumiendo las chozas donde un día antes dormían sus hermanos mayores, sus hermanos menores, sus padres, sus tíos, sus abuelos; ignora las arrobas de maíz que dudosamente hubieran quedado tras el paso de los asesinos de la bola, y se dirige a la ciudad, en búsqueda del primer líder que se le presente, para pedirle un rifle, para solicitar un caballo, para unirse a la revolución. Contra quién. Contra quien sea. La rabia no le cabe en el pecho.

 

Era, o es, o sería 1934. Una mujer ha perdido la razón a los veintisiete años. No recuerda claramente, pero su primera infancia la vivió en Laredo, Tamaulipas, donde de todas las niñas de primaria, era la más blanca, la más alta y hermosa, la única de ojos verdes mares y la única que hablaba perfectamente inglés. Su vanidad alimentada al máximo, los tratos deferidos por toda su familia y amistades eran los de una reina. Fue reina de la escuela todos los seis años que ahí estuvo. Pero nadie hablaba sobre su mamá. Lo único que decían sobre ella era que era idéntica a ella, viva imagen, la misma semejanza, pero no sabía si vivía o no. La recordaba entre sus sueños, cada una de las cosas que convivió con ella los primeros dos años y medios de su vida. Después la razón no da razón de más. Si era un ser real ó no. Los accidentes del destino desbandaron a la familia y al padre de Miriam, que tal era su nombre; su padre había sido un forajido, un matón a sueldo entre fronteras que habría raptado a su madre doce años atrás en un condado rural en Carolina, robándola, violándola y deportándola tres años después; ya cambiada la suerte, Miriam y sus encantos fue fletada a Arlington, Texas, donde supuestamente se encontraba una tía que la reclamaba. Miriam desistió del viaje a medio camino y se hizo mujer sola a los trece años de edad, sin saber de la vida. Un pueblo perdido en la inmensidad del Estado de la Estrella Solitaria la acogió entre la humanidad del sacerdote local y una señora de un restaurante que necesitaba un lavaplatos. Miriam se hizo popular porque era la única rubia del lugar que hablaba perfectamente en español. Todos los forasteros que llegaban a caballo o en carro la querían para ellos. Tenía cuerpo de mujer y era hermosa como cualquier Miss América o una artista de Hollywood. Cuando aprendió a cantar, a bailar, a alternar con los hombres, su vida se hizo alegre y triste. Alegre por las tardes y noches, y triste por las madrugadas y mañanas. El amor y el cariño que le daban le creaba un gran vacío. Su único momento jubiloso del día era cuando cantaba para los demás, cuando bailaba para los demás, porque la veían con asombro y admiración sinceros. Miriam no sabía, no se atrevía a pedirle a uno de los hombres que le robaban los ratos de sus noches, que la quisiera bien, que se la llevara, que se casara con ella, que la conservara y la cuidara. Nadie le dijo que eso era posible, que eso era común. Su soledad y su tristeza llegaron hasta un límite. Olvidó el inglés, olvidó el español, tomó como primer idioma el silencio. Nunca supo construir la frase “¿Por qué me quitaron a mi madre?” Ni en español ni en inglés, sin que antes la asaltara el llanto. Cuando se calló por completo, la internaron en un hospital mental. Nunca le enseñaron lo que era ser humano. Nació con etiqueta de mujer. Su vida fue un estigma.

 

En uno de esos primeros lustros del último cuarto del siglo XX, en una luminosa y cálida recámara de una vivienda de clase media del centro de Hermosillo, dos hermanos, Isabel y Roberto, de doce y trece años respectivamente, junto a sus maletas, tratan de despedirse del cuarto donde crecieron juntos, donde fueron felices lo largo de su infancia, el cuarto de los sueños, el de los escondites, el cuadro de retratos, de tele, de primaria, el cuarto de cumpleaños y de la ropa nueva, de los zapatos nuevos, el cuarto de la felicidad, donde felices vieron a sus padres durante tantos años, por ellos, junto a ellos. Y luego los gritos de las discusiones de ese último año. Gritos cuyos argumentos borraba el reflejo protector de la memoria selectiva, pero las palabras surgían por asalto, contundentes, “infiel”, “querida”, “engaños”, “mentiras”, y todo se había roto unos tres días atrás. Todos los miles de motivos para ser felices desaparecían a la luz de un solo hecho aislado que los aniquilaba, a ellos, a los hijos, que no se les pidió alguna opinión, ni se les pregunto qué sentían o o qué pensaban o cómo se sentían. Con los ojos reventados en llanto, Isabel recoge dos pesadas maletas y su rostro confundido voltea a ver el rostro confundido de Roberto, los ojos reventados en llanto silencioso, su desaprensión les impide ver que algo olvidan, la foto de los cuatro… la foto de los cuatro… la foto de los cuatro… “¿ya para qué?” Piensa Isabel. “¿De qué sirve? Dice para sí Roberto. A la salida de la casa, uno de los papás se queda. Se queda con la casa. El otro de los papás se va, se queda con los hijos y se va. Se los lleva. En el ambiente un rayo invisible desde el cielo despedaza las cosas. Un rayo con forma de palabra. Que baja desde el cielo y despedaza el hogar. Y despedaza todo. Una radiografía lo leería así: Divorcio.

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